Teoría analisis del discurso.
Uno de los rasgos más destacados de la Teoría del Discurso es su radical antiesencialismo, que le ha valido críticas de relativismo moral13. En palabras de Howarth: “Las cuestiones de verdad y falsedad no se determinan según [los parámetros de] un mundo de objetos independiente de teorías, sino que son relativas a los criterios establecidos por sistemas de conocimiento determinados [...] [L]as tradiciones sobre la verdad y falsedad de declaraciones se deciden dentro de órdenes de discurso (o paradigmas), utilizando los criterios establecidos por los propios órdenes” (Howarth 2000a: 133)
Norman Fairclough indica que el discurso es, en un sentido amplio, “el uso del lenguaje como una forma particular de la práctica social” y, en un sentido más estricto, “el lenguaje utilizado para representar una determinada práctica social desde un punto de vista determinado” (1995: 54, 56).
Teun van Dijk ofrece una serie de definiciones del término, que comprendería desde “los objetos o muestras particulares, esto es, incidencias únicas que implican a actores sociales particulares en un escenario y contexto particular” hasta “un periodo, comunidad o cultura específicos [...] que se correspondería con la noción igualmente general, abstracta, social y compartida de ideología.
Norman Fairclough y Ruth Wodak, teóricos del Análisis Crítico del Discurso, mantienen que “además de ser socialmente determinado, el discurso es socialmente constituyente, puesto que constituye situaciones, objetos de conocimiento y las identidades sociales y relaciones entre personas y grupos de personas”
Ferdinand de Saussure, cuyo Cours de linguistique générale (publicado póstumamente en 1916) es la obra fundadora de la lingüística moderna. Además de acuñar la distinción entre “lengua” y “habla” que hemos mencionado, Saussure identificó el signo como el elemento básico de la lengua, compuesto de significante y significado, y expuso su carácter arbitrario. El lingüista suizo concebía la lengua como un sistema de signos cuyo significado depende de las relaciones entre ellos; por ejemplo, el signo “madre” no puede comprenderse si no es a través de su relación con otros signos, como “hijo” o “padre”. Por ello, Saussure es considerado el iniciador del estructuralismo, una corriente de pensamiento que destaca el carácter sistémico de las prácticas e instituciones que configuran las sociedades humanas.
Michel Foucault; obras como su L’Archéologie du savoir (1966) o su L’Ordre du discourse (1971) parecen referencias obligadas. En una primera etapa que podríamos calificar de estructuralista y que se suele denominar “arqueológica”, Foucault define el discurso como “aquellas verdades o prácticas que se toman por descontado y que, de forma sistemática, forman los objetos de los que hablan” (1972: 49) y describe las reglas que controlan la producción de textos dentro de un determinado “campo discursivo”. Como el propio autor explicaría en una entrevista, su objetivo era “mostrar que en un discurso [...] hay reglas de formación de objetos (que no son las reglas de utilización de las palabras), reglas de formación de conceptos (que no son las leyes de la sintaxis) y reglas de formación de teorías (que no son ni deductivas ni retóricas). Estas reglas, utilizadas a través de una práctica discursiva en un momento dado, explican por qué se ve (u omite) algo; por qué se percibe bajo un aspecto determinado y se analiza a un nivel determinado; por qué una palabra se utiliza con un significado determinado en una frase determinada” (Foucault 1989: 52).
En una segunda etapa “genealógica”, en la que se advierte la influencia del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, Foucault introduciría elementos no discursivos para mostrar cómo las prácticas de una determinada sociedad producen los discursos que a su vez dan forma a sus instituciones. En esta etapa surge una nueva definición del discurso:
“El discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o sistemas de dominación, sino aquello por lo que y a través de lo que la lucha existe; el discurso es el poder que debe ser conquistado” (Foucault 1981: 52-53).
Jacques Derrida, autor de De la grammatologie (1967). Para este filósofo postestructuralista, el discurso es central: su lema más conocido es probablemente “Il n’y a pas dehors-texte”, criticado por los que lo interpretaron como una reducción de la realidad al discurso pero que se limita a exponer que la primera sólo es aprehensible a través del segundo. En la concepción derrideana los textos suponen una forma de violencia, puesto que imponen una determinada perspectiva a la vez que reprimen o marginan otras; pero los elementos reprimidos son cruciales, porque la identidad se configura relacionalmente, a través de aquello contra lo que se define.
Derrida propuso un enfoque para el análisis de textos, el deconstructivismo, cuyo fin es revelar las oposiciones binarias subyacentes, exponer las inconsistencias e investigar otras interpretaciones.
Laclau y Mouffe adoptaron el concepto gramsciano de hegemonía para referirse a la combinación de una serie de discursos en un proyecto con aspiraciones universalistas. Toda formación hegemónica pretende proponer la articulación completa y final de los elementos que configuran el orden social mediante la fijación de una serie de significadores centrales o puntos nodales. Así, por ejemplo, los discursos capitalista y socialista proporcionan definiciones diferentes de conceptos como “democracia”, “estado” y “libertad” y los articulan en cadenas de significación que fijan los otros elementos del discurso (que pasan a ser momentos), además de ofrecer posiciones de sujeto con las que el individuo puede identificarse de acuerdo con la disponibilidad y credibilidad del proyecto y sus propios intereses (nótese la reformulación de las ideas de Foucault y Althusser). Laclau añadiría el concepto de significador vacío para designar a un principio general (justicia, libertad, igualdad...) que aspiraría a unificar una formación social.
Toda fijación de puntos nodales es necesariamente parcial, debido a que las articulaciones discursivas son incapaces de contener la totalidad de los discursos: siempre hay un “exterior discursivo”, un “Otro” que no puede ser acomodado y previene la completa realización del sujeto pero que, como señaló Derrida, es necesario para definir la propia identidad10. En los límites de la formación discursiva, allí donde existen agentes sociales incapaces de realizar su identidad, aparecen los antagonismos. Éstos se ponen de manifiesto en el momento en que un proyecto deja de representar o servir los intereses de un grupo determinado (v.gr. agricultores franceses afectados por la reforma de Política Agrícola Común), o intenta extenderse a un grupo que no se reconoce en el mismo (v.gr. sociedades tradicionales amenazadas por la globalización del capitalismo). El resultado es una dislocación que cuestiona la continuidad del proyecto y puede conducir a la aparición de discursos alternativos. La dislocación puede prevenirse ampliando la articulación hegemónica para incluir a los que se consideran fuera de la misma, a través de lo que Laclau y Mouffe llaman lógica de diferencia. Por otro lado, los diferentes grupos no incluidos pueden olvidar sus diferencias y unirse en una lógica de equivalencia contra el discurso hegemónico que amenaza, o es incapaz de acomodar, sus intereses, y proponer una alternativa11. La predominancia de una u otra lógica condiciona cómo una sociedad determinada resuelve sus antagonismos:
“Donde la lógica de equivalencia predomina, la división social tiende hacia una dicotomización del espacio político, una división paratáctica de lo social en dos campos opuestos. Cuando la lógica de diferencia se despliega como estrategia dominante, se facilita una articulación de elementos más compleja que milita contra tal dicotomización” (Norval 2000: 221)
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